La minúscula japonesa cubierta con su vestido de geisha en azules y dorados, marcha con pasos cortos hacia la cocina. Desde allí se desprende el delicado aroma a té de manzanas y canela que ella había preparado un momento antes. El agua no puede superar los setenta y cinco grados, eso lo sabe bien por haberlo aprendido de sus ancestros y dos minutos es el tiempo ideal que necesita para desprender su fragancia y sabor. Sorbe una pequeña cantidad, se estremece y queda conforme con el gusto.
Las hebras de té se fusionan con las flores de loto de la porcelana de la tetera para después hacerlo con la taza. Todo dentro de una bandeja.
En el salón un hombre que no es japonés espera la infusión. Viste guayabera blanca, igual que el pantalón y los zapatos. Un sombrero calado y de alas anchas sostiene el caballo renegrido. Es joven y apuesto.
Allá marcha ella con la mirada hacia abajo, cargando el pedido y su pureza. Lo coloca sobre la pequeña mesa, mientras él sentado sobre almohadones la mira sorprendido. Sólo unos focos, con su luz tenue, los iluminan.
Ella deshace el camino y regresa a la cocina mirándolo de reojo mientras atina a imaginárselo, él en cambio se detiene a mirarla en ese camino de vuelta.
Un sólo pensamiento, el hombre de la guayabera, un sólo pensamiento, la diminuta geisha.
La sofoca el kimono al llegar a la cocina, la provoca el aroma, la seduce la esencia. Mientras en el salón el sabor del té le provoca el instinto.
Casi sin pensarlo y guiado por las fragancias marcha hacia la cocina, sabe que allí lo espera. Me suspendo en un cielo abolido por el perfume que tu piel desprende, dice mientras ella se estremece.
Él le quita el kimono, ella la guayabera. Hay misterios que soportan la fragilidad de la inocencia.